Con una amiga buscamos libros de proyección astral, espiritualismo, astrología y parapsicología. Los estudiamos todos. Y comenzamos a practicar la magia y a usar las cartas de tarot.
Mi incursión en la brujería y el ocultismo no tardó mucho. Al comienzo no tenía el dinero suficiente para comprar los ingredientes necesarios para los hechizos. Luego el programa de televisión fue cancelado y mi amiga se mudó de casa. Fue así que mi interés en el ocultismo fue reemplazado por fascinaciones más normales, como los chicos.
¿Ahora qué?
Lo sobrenatural influyó mi vida diaria. Comencé a rebelarme contra mis padres. A los 14 años, sentí que ellos desconfiaban de mí. Sus sospechas hicieron que deseara hacer las cosas que ellos imaginaban de mí, como usar marihuana.
La iglesia fue otro punto de batalla. Sentía que las oraciones eran pura hipocresía. Las palabras no significaban nada para mí. Sabía que había más para conocer de Dios, pero no estaba segura de lo que era.
Sintiéndome reprimida, me fugué. Tuve problemas y clamé por la ayuda de Dios. Pero nada sucedió. Y afirmé: Dios no existe.
Los caminos se hicieron más difíciles
De los ateos aprendí que negando a Dios, sólo dependían de ellos mismos. Pero descubrí que no podía confiar en mí. Al final de ese año, me drogaba más, estaba comprometida con un chico bisexual y quería suicidarme.
Mis problemas me llevaron a la corte, donde fui juzgada por ser una "influencia negativa para otros jóvenes". También estuve bajo tutela judicial, lo que significó que mis padres perdieran su autoridad legal sobre mí. Después de varios viajes al tribunal de menores, fui enviada a un psicólogo.
Al comenzar el tratamiento, me sentía sucia. Me había hundido casi hasta el fondo. Era masoquista y estaba atormentada con las fobias y las obsesiones neuróticas. Pero después de un año de tratamiento, decidí vivir.
Me hice agnóstica. Como atea estaba segura de que Dios no existía.
¿Una luz al fina del tunel?
Habiéndome reformado, fui rechazada por mis amigos y por los chicos que conocía. Luego, a los 16 años, conocí a Denise quien me ofreció su amistad. Su hermano le advirtió que se alejara de mí e informó a sus padres de mi pasado, pero ellos me dieron una oportunidad.
Por dos años, Denise estuvo a mi lado y oró por mí. Nunca me sermoneó ni condenó. Simplemente me mostraba el amor de Jesucristo, a quien ella había recibido como su Salvador y Señor. Aun cuando fui injusta con ella, me siguió amando.
Por ese tiempo, estuve de novia con un chico que estudiaba metafísica, filosofía, taoísmo, hinduísmo y budismo. Pensé que había encontrado la verdad, pero al igual que las otras cosas que había intentado, estas cosas resultaron ser trampas del diablo.
Cuando yo tenía 17 años, mi novio tuvo aneurisma en su cerebro. Fue intervenido quirúrgicamente y casi muere durante la operación. Ese día estaba regresando a casa del colegio con Denise cuando comencé a llorar.
"¡Oh, por Dios!", grité. Luego me disculpé con Denise por haber blasfemado. "No maldijiste", me aseguró. Para mi sorpresa, me di cuenta de que tenía razón. Lo que hice fue pedir la ayuda de Jesús.
Un par de días más tarde, encontré un Nuevo Testamento mientras limpiaba mi ropero. Alguien me lo había regalado hace mucho tiempo. En lugar de dejarlo a un lado, comencé a leerlo. Quería saber quién era Jesús. Al principio, creía que era otro profeta, como Mahoma. Pero el Nuevo Testamento decía otra cosa, y no podía sacar de mi mente su mensaje:
"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga" (Mateo 11:28-30).
Lloré al leer este pasaje. Deseaba tanto tener esa paz.
Pocas noches después, leyendo el pasaje de Cristo en el Jardín de Getsemaní antes de su crucifixión (Mateo 26:36-45), ví a un Hombre que no quería sufrir el dolor, la humillación y el rechazo. ¡Qué agonía sufrió cuando aquellos que estaban con Él no pudieron quedarse despiertos! Sentí como que yo también había estado durmiendo. Jesús había elegido morir en la cruz por mí, y yo le había dado la espalda.
Un cambio de corazón
A la noche siguiente en un estudio bíblico, le pedí a Cristo que sea mi Salvador. "Jesús", dije entre lágrimas, "perdóname. Desde ahora mi vida es tuya. Trataré de nunca volver a dormirme espiritualmente".
Nací de nuevo cuando acepté a Cristo, pero pasaron años antes de que las heridas de mi pasado fueran sanadas. Un cambio inmediato fue el poder llorar normalmente. Por mucho tiempo, no podía demostrar mis emociones. Y cuando lloraba, era porque estaba casi histérica.
Mi amistad con Denise se hizo más íntima ya que ahora éramos hermanas en Cristo. Juntas comenzamos a dirigir la alabanza en nuestro estudio bíblico. Me sentía tan llena de amor; antes parecía que no podía amar realmente a nadie.
Un testimonio real
Mi novio no podía tolerar a los cristianos, así que rompimos. Dos meses más tarde, conocí a Mike, el joven que luego llegó a ser mi esposo.
Hoy tengo la paz que sólo viene de conocer a Cristo. Después de tratar de estar en contacto con lo sobrenatural desde la brujería hasta el hinduísmo, he dejado de caer en las trampas del diablo. He encontrado lo verdadero.
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